La Prisionera del Alcazar

Si el heroí?smo es el alma de la historia, el amor es su perfume. No hay héroes completos sin que el arduo ejercicio de las armas se haya mezclado alguna vez una pasión, correspondida o imposible.

En cuanto a figuras menores, el amor la compensa con una especie de generosa grandeza de la que, si no dan noticias crónicas, se encuentran rastros en la tradición oral, acicate de la fantasí?a y forjadora de leyendas. Y es que si la historia nos informa, sometiéndonos a la tiraní?a y búsqueda de los datos, la leyenda el cambio nos libera en la más pura categorí?a poética.

Puede decirse que tanto héroes como hombres oscuros están expuestos a convertirse, en un recodo del tiempo y por obra y gracia del pueblo que huele lo extraordinario y lo persigue a través de las edades, en personajes que viven fuera de la historia sus más emocionantes hazañas. Hazañas de lo que no fue, y el pueblo querrí?a que fuese; de lo que no fue, y es, porque así? se perpetua en la memoria secular de la raza.

Los grandes hombres adquieren otra dimensión a causa de esta poesí?a de la que sus nombres se hacen inseparables, dimensión que, además de exhaltarlos en perfiles de gesta, los humaniza, ganándolos así? a las debilidades del sentimiento.

Este es el relato, tocado por la magia de lo poético, de uno de los hombres principales de nuestra Colonia; don Luis Colon de Toldo, 3er. Almirante de las Indias, Duque de Veragua, Marques de Jamaica y Duque de la Vega de la Isla Española de Santo Domingo, en el que participa una joven dama española llamada doña Marí?a de Horozco. Seguramente Tirso de Molina oyó contarlo años más tarde, pues el convento de las Mercedes fue escenario de su capitulo postrimero.

Comencemos, pues, pidiendo perdón a los eruditos a esos hombres admirables que acrisolan la Historia desempolvándola de yerros e injusticias, por la osadí?a de escribir sin mas apoyo que un débil trazo argumental, dejado que la mano rescate en el papel todo el temblor humano que desde la Colonia a nuestros dí?as suscita este romance desgraciado del nieto del Descubridor, para quien el Alcázar seria el palacio de las penas.

Aun ahora sus piedras parecen contarnos los detalles del relato, que trataremos de recrear aquí? en toda su apasionante belleza.