Salomé Ureña de Henrí­quez

Esta ilustre poetisa y educadora nació en la ciudad de Santo Domingo el 21 de octubre de 1850. Murió en la misma ciudad el 6 de marzo de 1897. Fueron sus padres el abogado y poeta Nicolás Ureña de Mendoza y doña Gregoria Dí­az de León.

Puede afirmarse, sin temor a equivocarse, que Salomé Ureña es, hoy por hoy, la voz femenina más alta que registra la historia de la poesí­a dominicana.

De ella puede decirse que lo que le falta en formación literaria sistematizada le sobra en talento y en inspiración. Toda su poesí­a es un vivo testimonio de sus más sentidas vivencias personales, ya sea cuando le canta a la patria o cuando evoca su entorno doméstico, donde realmente su poesí­a adquiere mayor autenticidad.

Salomé Ureña no fue una poetisa de abundante producción, pero en sus cuarenta y siete años de vida se vio acosada por una terrible enfermedad, angustiada por la soledad e inmersa en un proyecto educativo que tení­a como objetivo principal liberar a la mujer dominicana del ostracismo cultural en que viví­a, empeño superior a sus fuerzas, aunque no a su voluntad.

Como poetisa se dio a conocer a temprana edad. Sus primeras composicioneslas publicó con el seudónimo ?Herminia?, el que usó hasta 1874, cuando aparece su nombre en la Lira de Quisqueya de José Castellanos. Por iniciativa del que serí­a su futuro esposo, Francisco Henrí­quez y Carvajal, la Sociedad Amigos del Paí­s le otorgó en 1878 una medala costeada por suscripción popular. Esta misma sociedad patrocinó en 1880 una primera edición de sus poesí­as. En esa época su nombre era ya suficientemente conocido, dentro y fuera del paí­s.

Si estimada ha sido Salomé Ureña de Henrí­quez como petisa de delicada sensibilidad, vinculada a los afanes de su tiempo y de su paí­s, no menos estimada lo ha sido como gestora de la educación superior de la mujer dominicana.

En 1881, sacudida en sus í­ntimas convicciones cí­vicas, luego del draconiano Decreto de San Fernando, firmado por su confesor, el presidente Meriño, condenando a muerte a un grupo de jóvenes, tal vez instigado por su terible ministro de lo interior, Ulises Heureaux, se produjo un cambio en su vida. Se dedicó a forjar conciencias a través de la educación.

Fundó ese mismo año, bajo la inspiración del modelo educativo introducido por don Eugenio Marí­a de Hostos, el Instituto de Señoritas, del que salieran las primeras maestras normales que tuvo el paí­s, en 1887. Entonces en vez de pronunciar un discurso alusivo al acto, escribió uno de sus poemas más significativos: "Mi ofrenda a la Patria". Con estos versos, dice su hijo Max Henrí­quez Ureña, quebró el silencio que guardaba desde hací­a seis años. Las siguientes estrofas son bastante elocuentes en este sentido: ¡Hace ya tanto tiempo!. silenciosa,
si indiferente no, Patria bendita,
yo he seguido la lucha fatigosa
con que levas de bien tu ansia infinita.

Ha tiempo que no lena
tus confines la voz de mi esperanza,
ni el alma, que contigo se enajena,
a señalarte el porvenir se lanza.

Este poema alcanza una dimensión de hondo contenido social y retrata particularidades sicológicas que aún perturban a la sociedad dominicana:

He visto a las pasiones
levantarse en tu daño conjuradas
tus anhelos de paz y de progreso,
y rendirse tus fuerzas fatigadas
al abrumante peso.

¿Por qué, siempre que el ruido
de la humana labor que al mundo asombra,
recoriendo el espacio estremecido
a sacudir tu indiferencia viene,
oculta mano férea, entre la sombra,
tus generosos í­mpetus detiene?

Pero como poetisa, dondesu inspiración se desborda con mayor fuerza creadora es en "Sombras", su mejor poema a juicio de Max: Es su dolida repuesta al efecto que le produjo el decreto de San Fernando refrendado por Meriño, pues con él se frustraban los anhelos de "paz y de progreso" que pensó se lograrí­an con su gestión presidencial.

Poco antes de Meriño asumir el poder en 1880 Salomé Ureña contrajo matrimonio con el apuesto joven intelectual y animador cultural Francisco Henrí­quez y Carvajal, quien a su vez fue secretario particular del nuevo mandatario. De este enlace nacieron Francisco Noel Henrí­quez Ureña (3 de diciembre de 1882agosto de 1961); Pedro Nicolás Federico Henrí­quez Ureña (29 de junio de 1884-11 de mayo de 1946; Maximiliano Adolfo Henrí­quez Ureña (16 de noviembre de 1885-23 de enero de 1968) y Salomé Camila Henrí­quez Ureña (9 de abril de 1894-12 de septiembre de 1973).

Se granjeó la fama y el respeto por su talento literario, su amor a la patria que la vio nacer y por su obra educativa. No menos ha sido la estimación por haberle dado a las letras hispanoamericanas uno de sus más calificados exponentes, Pedro Henrí­quez Ureña, humanista estimado universalmente. Además de dos escritores justamente apreciados como Max y Camila.

Antes de morir en 1897, pudo concluir el poema "A mi Pedro", en cuyos versos dejó plasmado, con profético instinto maternal, lo que el destino le tení­a reservado a su segundo vástago en el universo de la cultura.

Pocos ejemplos hay en la literatura hispanoamericana similares a este de Salomé Ureña en el que el instinto de madre haya sido gráfico y certero al vislumbrar el futuro de uno de sus hijos.

La muerte de esta excepcional mujer constituyó una espontánea manifestación de duelo nacional. Así­ pudo decir su amigo y colaborador don Eugenio Marí­a de Hostos: "La descripción del entiero de la poetisa quisqueyana enternece, estimula y edifica: casi se puede haber soportado la vida, con tal de morir entre corazones tan amigos."

Acerca de ella se ha escrito mucho y sus poemas forman parte del patrimonio literario dominicano.

Curiosamente, el tomo de sus poesí­as publicado en 1880 por la Sociedad Amigosdel Paí­sleva un prólogo de Fernando Arturo de Meriño. Posteriormentesu hijo Pedro editó en 1920, en Madrid, conprólogo suyo, una segunda edición con mayor rigor crí­tico. Con el tí­tulo Poesí­as completas se realizó una nueva edición en 1950, para la ?Biblioteca de Autores Dominicanos?, patrocinada por la Secretarí­a de Educación, así­ como también en 1960 Poesí­as escogidas para la "Colección Pensamiento Dominicano", en la que se inserta el estudio de Pedro Henrí­quez Ureña, de 1920.

En 1944, con motivo del primer centenario de la independencia de la República, se publica la "Colección Trujilo", celebrada no por el tí­tulo, sino por su contenido. En ella aparece en dos volúmenes la primera gran Antologí­a de la literatura dominicana, cuyo primer tomo, dedicado a la poesí­a, recoge una selección de la obra poética de Salomé Ureña de Henrí­quez. Algo similar harí­a en 1996 Manuel Rueda en otra notable antologí­a: Dos siglos de literatura dominicana (S. XIX- XX), publicada en ocasión del Sesquicentenario de la Independencia Nacional. Existe una abundante bibliografí­a dedicada a la obra literaria y educativa de Salomé Ureña. Además de las citadas, vale mencionar, entre otros, a Joaquí­n Balaguer: Letras dominicanas (1950); Carlos Federico Pérez: Evolución poética dominicana (1956); Silveria R. de Rodrí­guez Demorizi: Salomé Ureña de Henrí­quez (1944) y Salomé Ureña y el Instituto de Señoritas (1960).