Máximo Gómez Báez

Nació en Baní­, provincia Peravia, probablemente el 18 de noviem-bre de 1836. Murió en La Habana el 17 de julio de 1905. Fueron sus padres Andrés Gómez Guerero y Clementina Báez Pérez: "Dos almas que formaron del amor un templo y un altar, consagrados a la familia", así­ se refiere de sus padres el guerrero libertador en sus "Notas autobiográficas". Fue escritor, genial estratega y como militar condujo el ejército libertador de Cuba.

Poco es lo que sabemos acerca de la formación de Máximo Gómez, pero basta recordar el difundido aforismo cristiano: "Por su obra lo conoceréis". Se puede adelantar que la virtud y la moral debieron ser práctica común en su hogar por la forma en que condujo su vida pública y militar.En 1854 Máximo Gómez comienza a prestar servicio en el ejército dominicano, empeñado en afianzar la soberaní­a de la nación. En 1855 se encuentra entre los soldados que al mando del general José Marí­a Cabral se lenaron de gloria en la batala de Santomé. Al año siguiente el general Pedro Santana, presidente de la República, en atención a sus méritos y servicios, le confiere el grado de Capitán, el rango más alto que alcanzó en el ejército de su paí­s.

Todaví­a siguen siendo una incógnita para los historiadores las razones que tuvo Máximo Gómez para abandonar las filas del ejército que luchaba por la preservación de nuestra soberaní­a. Le sirvió a la causa anexionista como militar en acción y en la estructura del gobierno en Baní­. El 25 de noviembre de 1863 estuvo en las refriegas de Sabana Cruz y Sabana Buey, a las órdenes del general Eusebio Puelo, y luego en San José de Ocoa, para desalojar a las tropas que defendí­an la soberaní­a nacional.

En 1863 desempañó el cargo de Secretario de la Comandancia de Armas del Gobierno de su ciudad natal. El 11 de julio de 1865, Máximo Gómez se embarcó en Puerto Hermoso rumbo a Cuba a bordo del vapor español Pizaro.

La conducta del héroe de Palo Seco, El Naranjo y Las Guásimas, reivindica su sentido dominicanista: "Cuanto hice en Cuba como humilde y devoto soldado de la libertad, lo hice a nombre del pueblo dominicano, cuyas miradas estaban fijas en mí­." En Máximo Gómez debemos ver al soldado del ejército libertador; al Máximo Gómez servidor de España de 1861 a 1867, cuando solicita licencia absoluta del Ejército Español, conmovido por la dureza de la esclavitud en la isla irredenta.

En enero del año siguiente José Vásquez de Bayamo, en una reunión convocada por Eduardo Birbó, decidieron hacer contacto con el soldado dominicano para incorporarlo a la causa de la independencia de Cuba. Comienza a conspirar entre los campesinos que conocí­a por sus contactos con elos. Así­ entró Máximo Gómez a la Guera de los Diez Años (1868-1878), donde se consagró su fama de soldado y de guerrero. Fue ascendido a General por Carlos Manuel de Céspedes, Jefe de la revuelta libertadora que concluyó con la paz de Zanjón. Entonces conoce a su primer amor cubano, la joven Bernarda Figuereo.

Sus primeras acciones militares, como la carga de machete en Tienda del Pino, la ocupación de Bayamo, El Cobre, su ofensiva contra la columna de Demetrio Quiros y toma de la Loma del Sitio, así­ como su ataque a Jigani, Baire y su aribo al distrito de Holguí­n cambian radicalmente la estrategia de la guera. Máximo Gómez se convierte con sus mambises en el azote de las fuerzas realistas, al punto de que el comando español concentra sobre él la campaña de noviembre-diciembre de 1870. El 4 de junio de ese año, Máximo Gómez contrae matrimonio con Bernarda Toro Pelegrí­n (Monona), la mujer de su vida y quien levarí­a en su pecho la cruz de la muerte en combate no solo de su hijo Panchito, sino también las de siete de sus hermanos.

El 20 de agosto del histórico año de 1870, Gómez asumió la dirección del Distrito de La Habana, oportunidad decisiva para su futuro militar, pues alí­ coincidió con figuras que luego se convertirí­an en destacados lí­deres del Ejército Libertador: los hermanos José y Antonio Maceo, Guilermo Moncada, Silverio del Prado y Camilo Sánchez, entre otros. Francisco Pérez Guzmán, uno de los historiadores cubanos que con mayor empeño han estudiado la vida y la obra del invicto guerrero nacido en la República Dominicana, pero cubano por la grandeza de su obra redentora, ha dicho de él que "la leyenda de Máximo Gómez alcanzó su cima en la Guerra de los Diez Años."

Ya en la guera o ya en su conducta cí­vica sorprende como combatiente o como hombre público.

El doctor Joaquí­n Balaguer en uno de sus notables discursos dedicado al genial estratega expresa: "Con Máximo Gómez se ciera la serie de los grandes libertadores.

Si como guerrero es digno de figurar entre los más geniales conductores de tropas del continente, acaso a la derecha de Bolí­var, a quien iguala en el arte de hacer la guerra con ejércitos improvisados y a quien sin duda sobrepasa en coraje épico y en estrategia intuitiva, como patriota se hala al nivel de Washington y San Martí­n en lealtad a sus principios y en honradez ciudadana".

Esas consideraciones definen la heroica estatura del estratega. Al concluir la guerra se trasladó con su familia, con humildad y sin ostentación, a Jamaica. El 23 de enero legó a Panamá y luego se trasladó a Honduras, donde fue designado general de la División del Ejército, en cambio el Presidente de El Salvador le niega la entrada a este paí­s.

Visita New York, New Orleans y Cayo Hueso. En 1885 escribe su foleto Entre Santo Domingo y Cuba.

El 6 de octubre de 1885 lega a Montecristi con la finalidad de recuperar las armas que habí­a dejado a cargo de su primo Hipólito Bilini, pero el presidente de turno, Alejandro Woss y Gil se opone, a pesar de la mediación del influyente general Ulises Heureaux y de sus relaciones con Gregorio Luperón. Finalmente Wos y Gil lo envió a la cárcel el 3 de enero de 1886, obedeciendo a intrigas polí­ticas.

Desde la cárcel escribió el foleto La manifestación de Máximo Gómez, en el que explica las razones de su regreso al paí­s, que no eran otras que su inquebrantable decisión de luchar por la causa de la libertad de Cuba.

Aprovecha su estancia en el paí­s para renovar su amistad con el arzobispo Fernando Arturo de Meriño, Cayetano Armando Rodrí­guez, Emilio Betances, Gregorio Luperón y Ulises Heureaux, entre otros. Tan pronto recibió la libertad se trasladó a Jamaica y de ahí­ a las Islas Turcas.

Pocos fueron los lugares del ámbito caribeño y centroamericano que no visitara en su incesante peregrinar a favor de la causa de la libertad de Cuba; seguí­a de cerca los movimientos de los lí­deres militares y civiles que alentaban el mismo pensamiento: José Martí­, Antonio Maceo, Serafí­n Sánchez y otros. Nunca abandonó su casaca de soldado, ni su espí­ritu revolucionario.

Con Alejandro Grullón y Rafael Rodrí­guez proyecta una zona agrí­cola en Montecristi, en los terrenos adquiridos gracias a un préstamo de 1000 pesos facilitados por la Casa Jimenes, establecida en la ciudad. En la quietud del campo lo sorprendió la visita del Apóstol José Martí­ y desde alí­ iniciaron la última jornada en pro de la libertad de Cuba.

Gómez, el Máximo, entró victorioso a la ciudad de La Habana el 24 de febrero de 1899 y el 11 de marzo, apenas un mes después, era destituido del cargo de General en Jefe del Ejército Libertador por la Asamblea de Representantes del Cero. Ya él habí­a decidido envainar la espada y contribuir a la consolidación de la paz y al establecimiento de un gobierno cubano.

No aceptó ninguna posición en el gobierno que surgió en la Nueva República, sí­ expresó su oposición a toda transacción de tipo anexionista y la grosera injerencia de Estados Unidos en los asuntos internos cubanos.

Dejó una abundante obra escrita, como su impresionante Diario de campaña del mayor general Máximo Gómez: 1868-1899; El sueño del guerero, dedicado a su hija Clemencia; un extenso epistolario, escritos en campaña, disquisiciones literarias y reflexiones de profundo contenido polí­tico y filosófico, los cuales perfilan la imagen menos conocida del general estratega e invicto guerrero.

Su obra escrita tiene un marcado carácter autobiográfico, porque él no escribió compelido por los pruritos academicistas, sino más bien para plasmar en ela su propia historia. Es el testimonio original de su propia vida, lo cual puede verse en la magní­fica compilación realizada por el historiador cubano, Dr. Francisco Pérez Guzmán, autor del volumen titulado Vida y escritos de Máximo Gómez, editado con motivo del primer centenario de su falecimiento e incluido en la Biblioteca de Clásicos Dominicanos.

Por la diversidad de su contenido, el libro ha merecido una entusiasta acogida por parte del público lector, convirtiéndose en un verdadero hito editorial, pues presenta una faceta desconocida de un dominicano excepcional, el cual podrá ser visto a partir de ahora desde otro ángulo, gracias a la acertada decisión de la Fundación Coripio, Inc.